Juego con un cuento como si fuera bueno. Lo leo repetidamente, en él me encuentro, me detengo y me pierdo. Se hizo mi laberinto y mi hogar.
La presencia de un espectro, de un santo, de un hotel de porcelana hacen que el cuento no se vaya. Tengo ganas de comer su papel, pero no puedo. Anoche estuve comiendo lapiceras, y no me hicieron mucho bien. La tinta de las hojas desgana el apetito.
La luna se esconde tras las nubes, mientras las letras del cuento dan giros chispeando como estrellas. El cuento me devorará, sólo de ello estoy segura. Sus mandíbulas no se detendrán, yo seré el papel.
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