El reloj gira un mundo cada segundo, y hasta preferiría su sonido tedioso y mecánico a seguir escuchando aquella voz… Esa voz de despertador en plena madrugada, al menos al despertador de un buen golpe lo cayas.
Andrea. 25 minutos después
Acabo de despertar después de dormir unos cuantos segundos con los ojos abiertos. Mis párpados se quedaron estancados y tengo los ojos secos.
Unos minutos y segundos más
Sigue hablando. ¿Qué tanto dice?, tal vez debería dejar de escribir y comenzar a entender sus palabras. ¡Imposible!, sé que una tiene menos sentido que la otra. Son una cadena de barrabasadas que se pierden en el laberinto circular del tedio.
¡Pero miren esa panza!, ¿alguien más que yo notó que la tiene desproporcional? Normalmente las panzas son redondas, pero la suya tiene un lado más grande que el otro… y esos botones que parecen reventar. Tal vez soy la persona menos adecuada para hablar de panzas, mas es inevitable. Su panza, sus muecas, mi cuerpo de plomo, mi actuación de tomar apuntes, mi falsa sonrisa. ¿De dónde saco energías para disimular percibir algún chiste si ni siquiera lo escucho?
Segundos y segundos prosperan
Me concentro en el estómago desproporcional. Me mareo en él, no es agradable mirar una panza ajena, vieja, amorfa, pero es el recurso que tengo para mantener los ojos abiertos. Me vienen unas repentinas ganas de reír, en alguna distancia del cuerpo se expulsan ánimos que comienzan a ponerme inquieta. Sigo sin escuchar palabras y sólo la voz del docente. En fin, hoy estoy acorralada.
20 minutos avanzaron y faltan 15 para terminar
Me puse a dibujar ramas alrededor de la hoja de carpeta. Sé lo que es la muerte lenta y comprendo lo que es tener ganas de hacer desaparecer aquella voz peor que mosca sobre la cabeza.
Una hora y media por clase, tres horas a la semana y se aprende, en la universidad se aprende, a odiar, además de que me viene aquel recuerdo de placer que tuve en algún momento de mi niñez al matar una hormiga con los dedos, desarmando su cuerpecito extremidad por extremidad mientras seguía viva. Yo soy la niña y él, el bicho.
Comenzaré a guardar los materiales. Mis ojos dejarán de mirar esta página, y se quedarán fijos en aquella boca de donde nace la voz, mientras espero comprender en sus palabras la despedida.