21 octubre, 2011

Batalla

¿Saben lo que es morir? Es escuchar la voz de un docente panzón e inchequeable por una hora y media, voz que entra como taladro a la mente, como una moledora que destruye el cerebro, que agobia, que pone el cuerpo en un cansancio tal, que comprendes la razón por la que las clases son en pupitre. Si estuviera parada, mi cuerpo ya hubiera caído como plomo. Es así como caen mis párpados, los cuales se abren con gotas de fuerza que llegan desde las piernas adormecidas. Pobres ojos míos, grandes héroes de batalla, al frente disimulando ánimo, cuando en el fondo están agonizando conmigo.

El reloj gira un mundo cada segundo, y hasta preferiría su sonido tedioso y mecánico a seguir escuchando aquella voz… Esa voz de despertador en plena madrugada, al menos al despertador de un buen golpe lo cayas.

Andrea. 25 minutos después

Acabo de despertar después de dormir unos cuantos segundos con los ojos abiertos. Mis párpados se quedaron estancados y tengo los ojos secos.

Unos minutos y segundos más

Sigue hablando. ¿Qué tanto dice?, tal vez debería dejar de escribir y comenzar a entender sus palabras. ¡Imposible!, sé que una tiene menos sentido que la otra. Son una cadena de barrabasadas que se pierden en el laberinto circular del tedio.

¡Pero miren esa panza!, ¿alguien más que yo notó que la tiene desproporcional? Normalmente las panzas son redondas, pero la suya tiene un lado más grande que el otro… y esos botones que parecen reventar. Tal vez soy la persona menos adecuada para hablar de panzas, mas es inevitable. Su panza, sus muecas, mi cuerpo de plomo, mi actuación de tomar apuntes, mi falsa sonrisa. ¿De dónde saco energías para disimular percibir algún chiste si ni siquiera lo escucho?

Segundos y segundos prosperan

Me concentro en el estómago desproporcional. Me mareo en él, no es agradable mirar una panza ajena, vieja, amorfa, pero es el recurso que tengo para mantener los ojos abiertos. Me vienen unas repentinas ganas de reír, en alguna distancia del cuerpo se expulsan ánimos que comienzan a ponerme inquieta. Sigo sin escuchar palabras y sólo la voz del docente. En fin, hoy estoy acorralada.

20 minutos avanzaron y faltan 15 para terminar

Me puse a dibujar ramas alrededor de la hoja de carpeta. Sé lo que es la muerte lenta y comprendo lo que es tener ganas de hacer desaparecer aquella voz peor que mosca sobre la cabeza.

Una hora y media por clase, tres horas a la semana y se aprende, en la universidad se aprende, a odiar, además de que me viene aquel recuerdo de placer que tuve en algún momento de mi niñez al matar una hormiga con los dedos, desarmando su cuerpecito extremidad por extremidad mientras seguía viva. Yo soy la niña y él, el bicho.

Comenzaré a guardar los materiales. Mis ojos dejarán de mirar esta página, y se quedarán fijos en aquella boca de donde nace la voz, mientras espero comprender en sus palabras la despedida.
Cuatro gatos maúllan dentro mío una ausencia
mi alma se fue de viaje.

Si no fueras

Si no fueras el sustantivo de mi sujeto
el verbo de mi predicado
objeto directo e indirecto de mi oración

adjetivo pasivo y activo que califica al tiempo
artículo que no logro articular
determinante posesivo, interrogativo, exclamativo, no relativo, indefinido
adverbio, preposición o conjunción que articula las palabras

si no fueras, si no fueras sustantivo,
mis oraciones no serían complejas.

13 octubre, 2011

En el auditorio hay un hombre de espaldas que parece ser vos.
Reconozco las orejas, imagino los ojos atentos
recuerdo con las manos la textura de tu cuello.

Eres distante, así como el tacto.
Mi mirada es difusa
sólo eres parte de mis ojos.
No eres vos. Es imagen.

12 octubre, 2011

Amor de vaca o Amor entre una vaca y una tortuga o Un diente de león

Las vacas se enamoran también de las tortugas. Cuando eso pasa, las tortugas suben a su lomo mientras ellas los esperan pacientemente sobre la hierba, y desde ahí arriba las tortugas se creen grande. Las vacas son calmadas, por lo que las tortugas se acomodan a ellas sin problema alguno.

Las tortugas aprenden a comer alfa, no hacen esfuerzo por conseguir lechuga y duermen de más. Su vida adquiere una quietud más estable. Están tranquilas, están bien.

Una vaca ama a una tortuga. A la tortuga le tarda en llegar tales sentimientos, le es más fácil la costumbre que decir “te amo”. Las palabras le cuestan. Son horas de juego el llegar a conformar una sola palabra en el lomo de la vaca para transmitirle cómo se encuentra. La vaca se cansa y reposa. La tortuga siente vértigo algunas veces, pero no quiere bajarse. La comodidad prima en su vida.

La vaca le regala lentes por su cumpleaños. La tortuga tarda minutos en ponérselos, son demasiado gruesos y pesados, parecen binoculares. Es un día feliz. La vaca ve sus ojos reflejados en los de la tortuga mientras bebe agua. Siente que está dentro de aquel caparazón que parecía impenetrable.

Sonríe y envejece con los días de sosiego. La tortuga no comprende mucho lo que pasa, sólo espera el día en la noche para ver el juego de luz en el paisaje, mientras que en el día espera la noche para contar estrellas y contemplar la luna.

La tortuga nunca le dio regalos a la vaca, hasta que un día la vaca cayó y no pudo ponerse de pie. La tortuga se enfadó por el golpe que afectó su calma. Bajó del lomo para ver lo que pasaba. La vaca lo miró con unos ojos que no eran los que brillaban con el agua. Lentamente, como era natural, la tortuga fue por un diente de león que había visto desde arriba. No pensó que estaba tan lejos. Cuando retornó ya anochecía.

Se lo entregó como para que ella lo recibiese con la boca. Los ojos de la vaca luchaban con las sombras y el cansancio. Esa noche la tortuga dejó los lentes de lado y durmió junto a su compañera.