Las vacas se enamoran también de las tortugas. Cuando eso pasa, las tortugas suben a su lomo mientras ellas los esperan pacientemente sobre la hierba, y desde ahí arriba las tortugas se creen grande. Las vacas son calmadas, por lo que las tortugas se acomodan a ellas sin problema alguno.
Las tortugas aprenden a comer alfa, no hacen esfuerzo por conseguir lechuga y duermen de más. Su vida adquiere una quietud más estable. Están tranquilas, están bien.
Una vaca ama a una tortuga. A la tortuga le tarda en llegar tales sentimientos, le es más fácil la costumbre que decir “te amo”. Las palabras le cuestan. Son horas de juego el llegar a conformar una sola palabra en el lomo de la vaca para transmitirle cómo se encuentra. La vaca se cansa y reposa. La tortuga siente vértigo algunas veces, pero no quiere bajarse. La comodidad prima en su vida.
La vaca le regala lentes por su cumpleaños. La tortuga tarda minutos en ponérselos, son demasiado gruesos y pesados, parecen binoculares. Es un día feliz. La vaca ve sus ojos reflejados en los de la tortuga mientras bebe agua. Siente que está dentro de aquel caparazón que parecía impenetrable.
Sonríe y envejece con los días de sosiego. La tortuga no comprende mucho lo que pasa, sólo espera el día en la noche para ver el juego de luz en el paisaje, mientras que en el día espera la noche para contar estrellas y contemplar la luna.
La tortuga nunca le dio regalos a la vaca, hasta que un día la vaca cayó y no pudo ponerse de pie. La tortuga se enfadó por el golpe que afectó su calma. Bajó del lomo para ver lo que pasaba. La vaca lo miró con unos ojos que no eran los que brillaban con el agua. Lentamente, como era natural, la tortuga fue por un diente de león que había visto desde arriba. No pensó que estaba tan lejos. Cuando retornó ya anochecía.
Se lo entregó como para que ella lo recibiese con la boca. Los ojos de la vaca luchaban con las sombras y el cansancio. Esa noche la tortuga dejó los lentes de lado y durmió junto a su compañera.
No hay comentarios:
Publicar un comentario