Cuando le pregunté sobre sus aretes de oro, me dijo que callara, que me apure para la escuela.
Días después Julia volvió. Mamá le preparó un mate. En la pequeña mesa de la casa ambas quedaron en silencio. Julia no lloraba, lo aprendió de mamá. Guardaban un secreto. Todos lo sabíamos, pero preferíamos mirar los cuadernos y acompañar en la calma. Las preguntas estaban de más.
Julia dejó de ir a la academia. Papá tampoco preguntó los motivos. Ella nunca fue muy aplicada.
Dos años después volvió a pasar. Mamá le pidió que buscara un oficio mientras ella se haría cargo del niño.