Ella decidió no ofrecer más color. Se sentó en el piso de madera de su habitación con las piernas abiertas apoyada a la pared y borrósamente miró por la ventana. Tomó su cuaderno de apuntes para picar palabras de varias páginas, todas sin sentido.
Lo arrojó. El ruido de la caída estuvo acompañado por el sonido de un disparo. Aunque ella no lo quería, su muerte tuvo color: el rojo que bañaba un vestido blanco y unas piernas morenas.
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