Era feo el pobre, pero la cautivó. La acompañaba todos los días a pasear por aquella plazuela olvidada del barrio. Ella no pedía mucho, por las mañanas no le interesaba sentarse en las bancas empolvadas, por las tardes no deseaba helados y en las noches soñaba con él. Siendo así de dulce, él tampoco pidió que se quitara aquellas gafas oscuras que cubrían gran parte de su rostro y quedaban manchadas después de algunos besos.
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