Tenía ganas de enviarle un correo para agradecerle por el presente a motivo de su cumpleaños. No lo hizo. Tampoco llamó ni pudo mandar mensaje alguno. Él se había alejado, y aunque añoraba pedirle que le escribiera como cuando todavía hablaban, no pudo hacerlo. En realidad, poco pudo hacer para demostrarle su aprecio y gracias por la memoria, por no dejarla en el olvido.
La emoción, recuerdo y añoranzas la traicionaron convirtiéndose en lágrimas. Antes de que la gente externa dentro del bus se diera cuenta, se limpió el rostro con las manos. Apoyó el brazo en la ventana y se puso a pensar que seguramente en tres meses una excusa por navidad los reuniría algunos segundos, aunque sea en voz.
Una vez más, dos vidas iban separadas por transportes diferentes. Parecía ser que el cristal que dividía sus rutas se hacía muro, pero aún así, quedaba la esperanza de un ventanal. "Al final, -pensó ella antes de bajar- la historia demuestra que los muros también se destruyen".
"En la esquina, por favor", y continuó su camino.
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