Qué diferente era mirarse y encontrarse con ella misma. Primero que los lentes que ocupaban casi tres cuartos de su rostro ya no eran símbolo de inteligencia, ahora era ceguera. El espejo había dejado de ser vanidad para ser tortura, las manos que inspeccionaban cada arruga eran ásperas y las uñas cada vez más amarillas.
Abrió el grifo y comenzó a lavarse la cara. Quiso dejar de verse, ya no tenía ganas de hallar canas y mucho menos de esconderlas. Ahora ella debía acostumbrarse a vivir así, a ser así, por lo que decidió verlo del lado positivo: ya no tenía granos, no necesitaba de anticonceptivos y pronto dejaría de hacer largas colas.
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